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lunes, 7 de mayo de 2007

Los niños de la vergüenza

Las víctimas del plan racial nazi demandan al Estado noruego
LND Mayo 2007

Según los planes del nazismo, a fines del siglo XX Alemania debía estar poblada de 120 millones de arios “pura sangre”. Este fue el objetivo de Lebensborn, el programa eugenésico de las SS y que permitió el nacimiento de unos 160 mil niños en Alemania, Noruega, Dinamarca, Holanda y Bélgica. Hoy, 159 de sus víctimas exigen una reparación por los agravios que debieron sufrir debido a su origen.

Todo comenzó en 1935, cuando Adolf Hitler declaró ilegal el aborto por parte de mujeres “arias”. Los vientos de la Segunda Guerra Mundial comenzaban a soplar y, poco tiempo después, el régimen comenzaba a promover dentro de sus huestes la procreación de un mínimo de cuatro hijos, para así, supuestamente, garantizar que la raza aria dominaría el mundo. De hecho, las madres que aportaban más de ocho vástagos eran condecoradas con una medalla de oro.
A medida que la ocupación alemana se extendía por Europa, también lo hacían los planes de una “raza superior”. En 1940, cuando Noruega y los Países Bajos fueron ocupados, sus rubias y blancas mujeres fueron consideradas óptimas para los planes reproductivos del Reich.


En tiempos de ocupación, Noruega acogió a unos 350 mil soldados alemanes que fueron animados a relacionarse con las mujeres locales. Bajo la atenta mirada de Heinrich Himmler, el jefe de las SS, la idea tomó forma.
En lo que habían sido elegantes hoteles y residencias se instalaron los hogares Lebensborn (“Fuente de vida”) que acogieron a las mujeres que portaban en sus vientres el “non plus ultra” genético. Tras comprobar los rasgos arios de la madre, probar la identidad del padre y demostrar que no tenían problemas genéticos, las mujeres tenían derecho a mantención económica y cuidados médicos; pero también debían jurar fidelidad al régimen nazi y permitir el adoctrinamiento, lo que incluía el bautizo de los pequeños en un altar con la cruz gamada.
A diferencia de lo que sostenía alguna vieja película, los hogares Lebensborn –que llegaron a ser una veintena, nueve de ellos en Noruega– no eran burdeles, y las mujeres fecundadas distaban de ser prostitutas. Eran jóvenes normales que se embarcaban en relaciones pasajeras o noviazgos con los invasores. Los hijos de estos amoríos podían permanecer con sus madres o ser entregados en adopción a familias nazis si cumplían con los requisitos raciales, pero muchos también fueron abandonados al terminar la ocupación.
El plan sostenía que los niños nacidos bajo el programa y sus madres serían considerados germanos y trasladados a Alemania para continuar la “purificación racial”. Sin embargo, al terminar la guerra, una comisión noruega estudió el caso y determinó que madres e hijos eran ciudadanos de sus respectivas naciones, cerrando así un capítulo pero abriendo otro de violencia y discriminación por muchos años ignorado.
Hijos del enemigo
Pese a que el programa también fue aplicado en Holanda y Dinamarca, donde nacieron cerca de 15 mil y cinco mil niños producto del mismo, respectivamente, fue en Noruega donde el Lebensborn dejó su herencia más negra. Hoy, los hijos de aquel descabellado proyecto rondan los 60 años y cargan con una infinidad de historias de violencia y discriminación. Porque en la Europa de postguerra, sobre todo después de la brutal represión de los nazis, ser “hijo de alemán” constituía un estigma desde cualquier punto de vista: para algunos, significaba la amenaza del enemigo dentro del territorio; para otros –los creyentes–, el fruto de un amor inmoral.
Muchas de las mujeres que tuvieron relaciones con los soldados de la Wehrmacht fueron enviadas a campos de concentración o a hospitales siquiátricos. Eran consideradas deficientes mentales, y se concluyó que sus hijos también debían serlo, por lo que fueron utilizados incluso como conejillos de Indias en pruebas con sustancias como LSD, mescalina y otras, según han denunciado informes del Ejército de Noruega, de la Universidad de Oslo y de la CIA.
Muchos niños fueron internados en hospitales siquiátricos sin siquiera hacerles pruebas, y sometidos en el interior de éstos a múltiples vejaciones. Otros fueron golpeados por sus familias cuidadoras, fueron agredidos física y verbalmente por compañeros de escuela o abusados sexualmente por sus profesores, y hasta hubo alguno que creció atado a una correa de perro.
Anni-Frid (Frida), la morena cantante de Abba, es parte de esta generación. Hija de un soldado alemán, su abuela y su madre fueron señaladas como traidoras. Esta última murió un par de años después y la pequeña familia tuvo que trasladarse desde el norte de Noruega a Suecia, huyendo de la estigmatización. Muchos años después, cuando la banda estaba en la cima de la fama, Anni-Frid conoció a su padre. “Demasiado tarde”, dijo.
Aquellos hijos de los soldados alemanes que conocieron su origen y sufrieron las consecuencias fundaron en 1999 una asociación, llamada Krigsbarnforbundet Lebensborn, la que acaba de presentar un recurso ante la Corte Europea de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo. Se trata de 154 noruegos, cuatro suecos y un alemán, quienes exigen una indemnización individual de 65 mil dólares, y casi cuatro veces más para aquellos que vivieron situaciones extremas. La acción judicial, que documenta cada una de las demandas, afirma que el Estado noruego violó los derechos de los ciudadanos que se comprometió a proteger en la Convención Europea de 1953.
No se trata, sin embargo, de la primera acción judicial de este tipo. En 1999, la asociación presentó su primera demanda ante un tribunal de Oslo, en la cual acusaba a Noruega de haber actuado como cómplice en el plan eugenésico nazi, pero el Gobierno adujo que el delito, de haberse cometido, estaba prescrito. En 2005, sin embargo, el Estado reconoció responsabilidades y ofreció una indemnización de 20 mil coronas (1,75 millones de pesos, aproximadamente) a cada uno de los afectados, cifra que fue rechazada por los demandantes. Los “niños de la vergüenza”, que sufren los mismos achaques y enfermedades que sus coetáneos, saben mejor que nadie que la raza perfecta no existe.

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miércoles, 2 de mayo de 2007

Fui conejillo de indias

LND. (Chile) Agosto 2004
Para los sudacas y tercermundistas que sobreviven en Europa, una riesgosa alternativa es someterse a pruebas médicas por las que las grandes empresas farmacéuticas pagan hasta 900 euros. Fui uno de ellos, me interné en el hospital San Pau de Barcelona y terminé con un cuadro depresivo.

Tres meses era la idea inicial. De modo que me dije “un viajecito no viene mal, conozco Latinoamérica, lancemos el dado un poco más allá”… y calló en Barcelona.
Mis primeros meses fueron en la ciudad mítica del carrete que -aún con esa fama- cierra las puertas de casi todos sus locales a las 3 de la madrugada… de ahí a recorrer la famosa Europa que desde los ocho años cualquier chileno conoce entre tanto bombardeo de historia europea mal llamada “universal”.
Y aquí comienza el periplo del recién llegado, tatoo de henna en la playa, venta de cerveza en recitales y fiestas -terreno que, con el encanto latino, chilenos y argentinos les vamos quitando a paquistaníes y marroquíes-, y hay trabajo… pero… requisitos, requisitos, requisitos… y no precisamente de preparación académica, sino legales. ¿Tienes papeles?… con ellos, todo (o casi), sin ellos, nada (o casi)… datos van, datos vienen.
En medio de la angustia de una economía personal que no crece, aparece un dato, una forma fácil de ganarse unos euros… no suena mal…. El amigo de una amiga cuenta de un amigo suyo que descubrió una “minita de oro, una pega que es como estar de vacaciones, con tiempo pa’ tus proyectos -me dice-… podrían ser entre 200 y 900 euros” (150 y 650 mil pesos).
Un par de días después me encuentro con el amigo de mi amiga. Su historia es distinta de la mía, pero en líneas generales estamos más o menos igual: sin plata, él para quedarse, yo para irme.
Nos encontramos frente a la Catedral de Barcelona, y antes de terminar de darnos los dos besos que se vuelven costumbre si llevas más de 2 semanas aquí, Jorge me dice entusiasmado “la wea es bacán y re simple”, y comienza a contarme casi atropellando las palabras.
“Algunos hospitales en Barcelona hacen pruebas médicas, eso quiere decir que te dan algunas dosis de un medicamento, cualquier weaita, un desinflamatorio o una tontera pa’l dolor de cabeza y ven como reacciona tu cuerpo a eso. Significa que tenís que ir, tomarte la wea y quedarte un día y una noche ahí… te sacan sangre un par de veces, te dan comidita, te atienden enfermeras ricas … que tal?”.
Sin que yo alcance a preguntar nada, sigue “…la plata que te pagan depende del tipo de remedio que prueban y de los días que tengai que ir …”. En una pausa que hace Jorge para respirar alcanzo a preguntar “¿te piden papeles?, no será peligroso?”… “Na’, eso lo más bacán, no necesita’i na’… y que va a ser peligroso… estamos en Europa, ¿cachai?, qué más seguro. Jorge hace una pausa y me dice “entre tanta maravilla hay solo un problema: durante el tiempo en que están haciéndote los exámenes no podís ni tomar na’, ni fumar na’. Pero por 300 euros un poco de vida sana no le hace mal a nadie”.

Los sudacas

“¿Qué cosas ha tomado tu amigo?”, le pregunto con la desconfianza humana sumada a la periodística. “Putas, responde un poco molesto con mi cara de duda -ahora está haciendo uno de un antiinflamatorio, dura poco, así que es menos plata, como 300. Pero hizo otro en que le pagaron re’ bien, 900 euros, duró un mes y medio, una vez a la semana tenía que tomarse un antidepresivo y quedarse en el hospital para las pruebas”. ¿Antidepresivo? Mi cara de duda se multiplicó por dos. “Mmmmm, lo voy a pensar –le dije-, quiero cachar un poco más la cosa”.
Mis dudas no eran gratuitas. No en vano trabajé varios años haciendo seguimiento de casos de contaminación por plaguicidas y otras sustancias tóxicas y, entre investigación e investigación algunos nombres de empresas coincidían. En términos generales, las multinacionales químicas diversifican a tal punto su mercado que a la vez fabrican plaguicidas agrícolas, sustancias tóxicas para la industria, armas biológicas para la guerra… y los medicamentos de última generación que son probados en humanos, un número importante de ellos inmigrantes y cesantes.
Claro, era buena plata, pero… me quedé dándole vueltas al asunto y empecé a averiguar un poco más. Seguí preguntando. Así me enteré que el hermano de una amiga italiana había participado en una prueba de un medicamento gastroenterológico y conocí a un francés al que dudas como las mías lo habían hecho desistir.
El médico jefe del Departamento de Farmacología del Hospital San Pau me dijo con toda naturalidad que quienes se someten a las llamadas pruebas clínicas “son los primeros seres humanos que entran en contacto con una molécula farmacológica determinada o bien con medicamentos que están en el mercado pero que necesitan ser reevaluados”. Cuando me explicó que el objetivo de las pruebas era evitar la catástrofe dejada por la “talidomida” en los ‘60 -el sedante masivamente recetado a mujeres embarazadas y que tuvo como resultado el nacimiento de niños con malformaciones- fue imposible no recordar la primera versión de la Teletón.
A esas alturas de mi investigación, Jorge ya se había convertido en voluntario estrella de un estudio sobre antinflamatorios y le tenía “medio echado el ojo” a una enfermera convencida de que “Chile es tierra de poetas”.

Respiré profundo para dejar mis aprensiones, caminé unas calles hasta llegar al Hospital San Pau -una maravillosa ciudad sanitaria declarada Patrimonio de la Humanidad-, crucé el portal y recordé a mi abuela diciendo que “la necesidad tiene cara de hereje”.
El examen siguiente: un antidepresivo, un mes y medio de “trabajo”, cinco jornadas de hospitalización y 900 euros al finalizar. “No te preocupes”, me dice la doctora. “La farmacéutica ‘Z’ esta revisando la nueva formula de su medicamento ‘Y’, solo queremos saber si el cuerpo reacciona de manera distinta a la vieja formulación y cuanto se demora en desaparecer de la sangre”... no suena tan terrible, me convenzo.
Comienzo la “pega”. Exámenes para comprobar que estoy sana y que por lo tanto la información obtenida de mi será la correcta. Exámenes de sangre, de orina... ni sida, ni embarazo... no esta mal para comenzar. Con la confirmación de que soy una voluntaria óptima, la encargada me extiende el “consentimiento” que debo firmar, ahí se describen las características de la prueba, la empresa promotora, el medicamento, los días que debo estar en el Hospital (en mi caso una dosis a la semana con sus respectivas internaciones de un día y una noche), se precisan las abstenciones y la libertad de retirarme del muestreo. La firma significa también una póliza de seguro que garantiza que durante un año la empresa farmacéutica debe hacerse responsable de cualquier daño a mi salud derivado de la prueba.
Las pruebas comienzan en tres semanas, así que desde ahora nada de alcohol, nada de alimentos estimulantes, nada de tabaco ni hierba parecida... la vida sigue siendo dura.
Mi jornada de trabajo se inicia un lunes a las 9 de la mañana. A las 9.30, en un higiénico recipiente me dan la primera dosis del medicamento, una inofensiva pastillita blanca. El día laboral que me espera se prolongará por 24 horas, un cuaderno de notas, un libro, el diario y la mejor disposición para pasar las próximas horas escuchando las historias de la quincena de conejillos... todos unidos por una pastilla y el litro y medio de sangre que nos extraerán en pequeñas muestras cada dos, cuatro, seis y ocho horas.
El ambiente es distendido, la mayoría acarrea un par de libros en la mochila, otros lápices y blocks de dibujo. La conversación se relaja y puedes pasar de tu cama a las inmediaciones del departamento de farmacología –“no nos podemos alejar -me explican- estamos en observación”. Así, poco a poco, me voy enterando de la vida de cada uno, de las razones para optar por esta pega, de los proyectos de vida, conozco a un par de catalanas, algún italiano, varios chilenos, otros tantos argentinos y a unos cuantos vecinos de continente, gente diversa. Varios de los presentes son algo así como “voluntarios profesionales” y el maestro de maestros suma ya cuatro años de experiencia (12 pruebas).

Bajón

En lo que coinciden todos, y ante cualquier atisbo de duda cierran filas, es en desestimar cualquier riesgo. “Prejuiciosos” en el calificativo que ninguno del grupo duda en dar a quienes osan poner en tela de juicio su trabajo.
La curiosidad y aprehensión marcan mi primera estadía hospitalaria. Lo miro todo, lo escucho todo... y la verdad es que después de 24 horas salvo un poco de sueño, me siento bastante normal. La idea de mis compañeros de que ha sido un día de descanso casi se instala en mi cabeza... si no fuera por los pinchazos.
Una semana después de regreso al hospital y las preguntas de rigor. “¿Cómo fue la semana?”... “Bien, aunque un poco desanimada, sólo eso”.
En mi cuarta hospitalización comento con un par de “colegas” que estoy un poco lenta, que siento que no está pasando nada en mi vida y que, peor aun, ni siquiera me importa mucho. No soy la única.
La curiosidad y la aprehensión inicial son sentimientos que poco a poco se van aplacando. También la alegría, la angustia, la preocupación... estoy en medio de una especie de limbo anímico. Lo dramático se ha convertido en un “mmmmmm, qué triste”, y lo fantástico en un “mmmmm, qué bonito”... y ya está. Y recién ahí me doy cuenta que, claro, para un depresivo anularse emocionalmente puede evitar un suicidio. Pero para mí la pastillita se ha traducido en un “bajón” donde ni me pregunto ni me importa el cómo, cuándo o por qué.
El quinto lunes, mi último día interna, la píldora, la muestra de sangre uno, la muestra de sangre dos, la tercera y la cuarta... unos días después me dicen que todos los exámenes están correctos, no se registran sustancias que a lo largo del período hayan alterado los resultados, me felicitan y me preguntan si quiero seguir participando. He sido una conejilla modelo... la verdad es que mi “compensación económica” de 900 euros me hace menos feliz de lo que imagine antes de la primera píldora

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